Cuando nos hablan los muertos

El muerto nos habla, y lo ignoramos.

Los soñamos en una alta nube, o nos invaden sus daltónicos recuerdos. Pasean entre risas o quejidos, siempre rondando sombríos. El muerto divaga discreto, mientras alargamos su partida. Pero no lo escuchamos, tan sólo lo lloramos.

Pero léanme bien: Los yertos, aunque han culminado su trayecto, en su silencio aparente nos narran, entre estampas, fotos, sueños, y recuerdos, su historia, la vivida previa a su huida.

Nos narran sus cuentos, recitan sus canciones, y entonan sus versos. Y es en ese momento cuando los damos por vivos, porque los oímos. Pero están más que muertos, son una colección de huesos fríos. Y lo que conocemos como la voz del despedido, no es más que el viento recorriendo su recuerdo.

Nos hablan de sus errores, sus aciertos, de odios sin sentido y del cariño, ¿pero qué saben de eso los muertos?

Pues en su aparente ignorancia, nos han legado la experiencia de los años. Recordemos esos cantares, épicas, y romances legendarios, esos que tanto imitamos los que caminamos.

Cuando los muertos nos hablan, mediante su quedo testamento, esperan que los escuchemos, aprendamos, y vivamos. Y mejor si no los pensamos muertos, más bien, de carne livianos.

Antillana

tú mi antillana
dulce inspiración
Czarina Caribeña
incansable luchadora de la patria
mujer de machete en mano
monumento de la dignidad es tu mirada
idolatro tu sonrisa
vivo tu armonía
delicada como flor de Maga
aguerrida como naboría enfurecida
fogosa tentación lujuriosa

¡ERES MI AMBICIÓN!

tú mi antillana
tú mi antillana.

Colaboración especial de Joseph Ruiz Paris

A veinte años de ayer

Si te viera a veinte años de ayer
no se que sería de mis ojos.

Presumo que se me escaparía
la vida, el todo en un segundo.

Imagino latidos en la cabeza
como chasquidos de elefante
mientras me vuelvo infante
enfrentando tanta rareza.

Imagino veinte años y ayer
luego de cien cambios de piel
que serían mis nuevos versos
tallados con uñas y cincel.

Si te viera a veinte años de ayer
no se que sería de mis ojos.

Presumo que esta vida huiría
escapando de los segundos.

Lo Nuestro

Nuestros cuerpos delinean
una trampa, una cálida guarida
Dónde se refugian nuestras uñas
bañadas de dulce muerte consentida.

Estos besos, lánguidos en el proceso
efímeros espasmos y excesos
que nos mantienen sedientos
del veneno, alas de lo bueno.

Nuestras perversidades sin diálogo
son los muertos de enero
nuestros melancólicos gemidos
son de marzo los latidos, y su hilo.

Esta es la vida que no persigo
sombría costumbre sin testigos
es sólo luz, es ruta sin camino
ya ni sé, será de nuestra piel destino.

Desvido

Hay días en que me comporto
como si una vida la hubiera tenido
desvíos del tiempo engañoso
soy una panza, ella, cabello teñido.

Si sumo los minutos y días
llegamos a las semanas tal vez
pero que es, me aqueja la idiotez
de recordarte ausente, y tan mía.

Quién diría que tu cintura, los besos
calarían tanto en mis huesos;
quien diría que cien años después
entre sinápsis te encierro.

Sólo te ofrezco un café esta tarde
olvidemos nuestra cordura
recordemos los besos y tu cintura
entre suspiros, nuestro antes.

Me Preocupa Extrañarte

Me preocupa extrañarte
porque el extrañar y el olvidar
transitan la misma vía
andan de manos,
niños mirando a lados distintos
quehaceres en un laberinto
no quiero, no, olvidarte.

Pero lo hago, poco a poco
necesito tu foto para recordar
tus lineas, tus labios
imaginar tu besar
recordar mis manos perdidas
en tus selvas fértiles
como colonizador
de laderas y cordilleras.

Comienzo a hablarte
desde estas melancolías
desde las noches fingidas
entre sonrisas tardías
con dedos entumecidos
de tanta poesía
versos amargos, quien diría.

Me preocupa extrañarte
porque el extrañar y el olvidar
andan por la misma senda
divagando horizontes opuestos
y eres mi aire.

Día Parcial

Nadas en mis fonemas
en mis argumentos vagos
en los “será” resuenas
y en los “tal vez” te asomas.

Qué será, que tendrás,
será tu mirar voraz
que me priva del aire
pero me hace inmortal.

Qué será, que tendrás,
serán tus labios, frescas fresas
que ennudecen mi lengua
pero endulzan mi paladar.

Será tu firme caminar
cómplice de tu verdad
que no me puedes amar
sólo brindar un día parcial.

Mentiras de la Memoria

Hoy te recordé áurea en mi ayer
cuando por poco me enamoraste
robaste mi aliento sin querer
sólo pensándote hasta el desgaste.

Claro, porque fuiste una ausente
te dibujaba versos en un desierto
transeúnte invisible y pesadumbre
mientras abrazaba nubes y cuentos.

Infatuaciones sin muchas razones
te soñaba, y tu aliento saboreaba
eran mentiras en diez canciones
historietas que iluso fantaseaba.

Irreal nuestro tiempo compartido
no hubo ni piel, ni muertes, ni vahídos
ni desgarré tu corto vestido
fue neblina sin tiempo ni sentido.

Hoy quiero un abrazarme a tu piel
condecorar con gemidos mi victoria
acariciar con mis labios tu desnudez
aunque sean mentiras de mi memoria.

Perdida, O Huyendo

Ella estaba de alma presente ahí
transparente, niebla entre mis dedos
mis manos la buscaban con anhelo
pero la perdí, ni su medio vivir.

No sé dónde dejé nuestras charlas
si las extravié en un tono digital
en la cueva marrón del auricular
junto a las bromas durante el desvelo.

Perdida o huyendo, ¿dime dónde estás?
mis victorias mueren sin destilar
no ves que sin ti vuelvo a ser mortal
te fuiste, en silencio y sin avisar.

Noventa y Dos

Nos recuerdo escuchando música en aquel Ford Thunderbird del ochenta y ocho, mientras su padre ofrecía el Servicio Dominical en la Iglesia. Compartíamos uno de los asientos, y nos acariciábamos el cabello, sin un sólo beso.

Nunca olvidaré su cintura estrecha, ni sus caderas, ni su piel pálida, como luz de estrella, ni los lunares que llevaba prendidos, como luciérnagas de sus nubes, ni su boca pícara, siempre una tentación para la mía.

Guardo en mi memoria como en el noventa y dos le robe ese beso, y cómo luego nos golpeó como pared el que su padre no nos quisiera juntos. ¿Como era posible que aquel hombre, siendo un mensajero de Dios, nos privara del amor? De haber permitido nuestro romance, nuestra historia hubiera sido una diferente, y no hubiera pasado todos estos años imaginando cómo hubiese sido el “esto” inexistente. Aunque él apartó nuestros caminos, el destino es destino, y nos volvió a encontrar.

Yo solía ser una persona de mucha fe, en todos los aspectos. Creía en el ser humano, y su buena voluntad, y tenía esta alocada idea que existía alguien, más allá de mi entendimiento, que me observaba y me escuchaba. Esos eran los días en los cuales conservaba mi juventud espiritual. Con el pasar de los años, mi alma se volvió vieja, al igual que mis deseos, mis ambiciones – maltrechas por el tiempo y la vida.

Isabel era la hija de un ministro luterano, y mi madre frecuentaba la iglesia en la cual su padre ofrecía sus servicios. Yo la acompañaba, y ahí la conocí. Desde que la vi, la quise para mí. Tenía el cabello rubio y rizado, casi por su cintura. Su piel era como la nieve, y sus ojos, como la noche. Quería, a como de lugar, apoderarme de aquellos labios carnosos, adornados siempre por una pequeña sonrisa, y endulzados por una dulce y suave voz.

Luego vinieron sus lágrimas, luego un dulce beso, y luego, una despedida seca y orgullosa, como quien piensa que se lo merece todo. Yo era joven, adolescente, inmaduro, con esa maldita tendencia de alejar todo lo que quería tener cerca. Sólo tenía que mantenerme ahí, perseverando, pero no estaba dispuesto a enfrascarme en una guerra con un General Cristiano a quien yo no le hacía ninguna gracia.

Pasaron los días; así mismo, los meses y, finalmente, los años, y nuestro contacto se volvió frío. Nuestras vidas tomaron caminos diferentes. Aunque realmente desconozco cual fue el suyo, puedo hablar semanas del mio.

Un día, años después, y luego de varios amores y sábanas, decidí volver a acompañar a mi madre a visitar aquella iglesia, sólo por curiosidad. Al menos, esa era la excusa que me daba, por no aceptar la verdadera razón. Un sólo paso dentro del templo fue suficiente para darme cuenta que no podía engañarme.

Al igual que antes, su piel blanca como pétalo de margarita, su delgada cintura, sus senos menudos, sus caderas radiantes. Lo único diferente era el color de sus rizos, que eran ahora miel.

Al final del servicio, me acerqué y extendí mi mano. Y ese ademán se volvió un abrazo cálido. Pero ahí quedo todo: “Bye”, y nos despedimos. Yo me adelanté a mi progenitora, y me marché en mi carro a quien sabe donde.

Esa noche, Isabel llamó a mi apartamento, lo cual me sorprendió mucho. Mi madre le había dado mi número telefónico, por mas que siempre le decía que era privado y que “a nadie” se lo podía comunicar. Pero esa voz familiar fue más que bienvenida. Hablamos por horas, y quedamos en que la recogería en su casa para dar una vuelta.

Si mejor no recuerdo, fuimos al cine. Luego, decidimos ir a la playa, donde caminamos por la arena y las rocas sin que importara el tiempo. Hablamos sin parar durante horas, de lo mucho que había cambiado mi físico, de porque había dejado crecer mi cabello hasta los hombros, de mi barba, de cómo ella permanecía intacta ante el paso de los años, con la única excepción de su cabello y su mirada, la cual reflejaba más madurez. Charlamos de nuestras vidas, de nuestros estudios y trabajos.

Cuando nos cansamos de hablar, nos besamos. Nuestras lenguas bailaban y se fundían como dos espadas sobre la brasa. Mis manos acariciaban su cintura, y sus manos se enredaban en mi cabello. Jamás podré borrarlo de mis recuerdos.

Que ocurrió conmigo, no lo se todavía. Mientras ella parecía retomar todo con la misma candidez que antes, yo trabajaba incansablemente en la manera más fácil de llevarla a mi cama. Es a lo que estaba acostumbrado, a los amoríos de una noche, y así la traté, como a una sábana más. Y ella, ni corta ni perezosa, decidió que eso no era lo que quería.

Ese día era perfecto. La brisa que refrescaba los cuerpos, las nubes formaban animales salvajes. Nos dirigíamos, por idea suya, a un cementerio donde estaba sepultada una abuela de ella, y, junto a su lapida, me dijo las siguientes palabras: “Entre nosotros no va a haber más nada, esto se acabó. Seremos amigos, y ya, sin besos ni más nada.”

En mi cabeza no cabía eso. Me sentí tan humillado, despreciado, que la lleve a su casa y no la volví a llamar, con excepción de una vez, pero ella estaba tan indiferente en el teléfono, que colgué.

La última vez que supe de ella fue porque, hace aproximadamente un año, me encontré con su hermano en un centro comercial. Cuando le pregunté por ella, me contesto que estaba en Alemania, casada y con hijos. Ni siquiera recuerdo si era un hijo o una hija, o si era más de uno. Y como magia, aquel dulce beso adolescente de domingo se convirtió en cianuro.

Me parece increíble como todavía recuerdo el sabor de sus labios, con el aroma del mar y la textura de la suave arena. Me parece increíble como cada vez que escucho aquellos viejos boleros, me es inevitable recordar a Isabel, juntos escuchando música en aquel carro, y mis esperanzas de robarle un beso.

El Olvidado

Escucho pasos, retazos del tiempo
metrónomo de mis pensamientos
rítmicas cavilaciones incesantes
escalofríos que recorren estantes.

Mis fonemas son dialecto del viento
componiendo sílabas en desacierto
inventándole sentido al minuto vivido
óleo muerto, cenizo, hierro sometido.

Muchos años para mí, como mil
son diminutos arroces de abril
puedo jurar que casi soy albañil
artífice de un curioso cajón azul senil.

Mi seso ralo, como yunque de yeso
marea que arremete con pegar recio
martilleo, o humilde cosquilleo
hálito de victimario, o voz de cotilleo.

Mercenario de ideas de arcilla
de cien sinsentidos las manecillas
palpitaciones de tiempo polvoriento
vidrio que mece y contiene el conteo.

Pero eso fue ayer, y antes de la miel
hoy, menos que un calendario de piel
soy el polvo del abandonado anaquel
soy páginas de un libro a medio leer.

Y yo, que no guardo fe en lo venidero
ni creo en cuentos de hechiceros
me encuentro volando alto y lelo
cavilando silente universos paralelos.

Igual, trazo mi camino con pasos
solo nací, y solo abandoné el regazo
aunque mi conciencia ya desespera
harto, adolorido, pero en pie de guerra.

Danza Izquierda

Viviendo de guerra interna
con mi pueblo que no despierta
es gente de sonrisa amarillenta
peleando por las apariencias.

Aprieta el pecho en la caravana
la negra gitana, baila bambalana
grita el necio, de oídos chuecos
voz que sacude como trueno.

Ciegos por la salsa y la bachata
entre dominó, hierro, y faldas
Suena un estruendo melodioso
vuelan aureos gitanas y odiosos.

Egos destruidos en un vahído
metales calientes y sinsentidos
humo y sangre son los testigos
de un pueblo izquierdo y activo.

A Mi Estilo (Thug Life)

Cafre en progreso
inspirado en el seso
llevando esta vida
paseando en excesos
entre diamantes, medio lelo
en la lengua de kilates
y en los chismes
de tu abuelo.

Dicen que transcurrir
al garete es reducir
al machete y seducir
al mozarbete sin sentir.

Que importa
si no vivo como quiero
– quien lo dijo, yo primero –
que me joda, yo prospero
entre días y regueros.

Lo que pasa y no traspasa
lo que hiere y no mata
lo que pienso y me hace
lo que hago y me ata.

Aunque muchos dicen
y la experiencia me repite
como un eco y sin chistes
que al que hierro mata
igual merma, igual fallece
pero como rama
crece y reverdece.

Con metal me defino
entre las palabras,
el destino y lo fino
como visto y me rijo
como camino y me fijo
siempre en lo mío.

El enemy vive testigo
envidiando mi acertijo
enviando su corillo
pero me defiendo
con hacha y martilllo
y les digo, y les repito:
“Yo transcurro,
no me reduzco
no me muero sin lucha
no caduco”.

¿Verme muerto?
En ochenta años
en mi entierro
a mi estilo
siempre despierto
bien en alto
a lo diestro.

Por Qué Negarnos

Fuimos, claro que fuimos
estuvimos, caminamos, y soñamos
nos burlamos de los años
pero nunca llegaron,
más bien, nunca llegamos.

Por qué negar nuestro cuento
si cuando retozábamos en el cielo
nos hacíamos uno entre espasmos
mientras nuestros pasos descalzos
se hundían mudos en el Infierno.

De qué sirvió morir chiquito y lento
si andábamos sonámbulos en el desierto
de qué sirvieron en la ambigüedad los besos
cuando llevábamos el cuero enjuto
y los pies sedientos.

Por qué negar al tiempo lo vivido,
si bailamos al son de boleros perdidos
eramos emisarios errantes malheridos
campeones entre migajas y destinos.

Aun así, no veo ninguna razón
para mentirle al pecho
y matar al vivo corazón
aunque es triste, y no hay hadas
aunque es verdad, es agua pasada.

Por qué negar al mundo lo que fuimos
si como reyes, y en alto las frentes
llevábamos ocultas las venidas
melodías con nuestras caricias
con orgullo en el pecho erguido.

Ya no huyo de tu reflejo en mis sueños,
ni me lamento, ni me reprendo,
fuiste más que lo que más quiero
entre lo fugaz, entre los desesperos.

Me Da Igual

Ya lo he vivido todo
las caricias en el rostro
los insultos del viento
los amores invisibles
los deseos indecibles
son mementos inservibles
el maltrato del tiempo
los momentos irredimibles
los holas y adioses dulces
y aquellos que maldicen
ya todo me da igual.

Ya no importan
ni los besos esquivos
ni el pájaro malherido
ni las aguas turbias
ennegrecidas por escoria
ni el techo cayendo en mi cabeza
ni la rueda que rueda y no cesa
ni el impulso de esta vida
ni el llamado del ocaso
ni el respiro del fracaso
ni los esfuerzos olvidados
es todo el tiempo cíclico
son minutos y letras
vidrio, arena y cerezas.

Carne y mente similar
sean lluvia o huracán
son iguales al manantial
te empapan de vida glacial
cual si fuera un volcán
porque el mundo es igual
que diferencia hace un ente
si en su enajenación celeste
cree que hace y deshace
camina, pero no construye
esperando el desenlace.

Échenme ánimo y fuerzas
o envuélvanme entre siluetas
momias, brujas y dientes
viajes, viejos y velos celestes
las caretas con rostro de muerte
vente acá, que quiero verte
permanecer de sonrisa inerte
no importa, son sinónimos
este árbol, ciencia inmortal
incierto es si reverdecerá
que importa, si a fin de cuentas
será el mismo reflejo
será el mismo espejo de cristal
y todo será igual.

Mi Ella

Antes que nada, mi ella vive, respira, e irradia una paz armoniosa. Es un ente pálido y pelirrojo que se apodera de mi aire cada vez que lo veo caminar.

Ahora, puede ser que la ella que tanto añoro y deseo contenga también un fragmento mitológico. Áurea, me dice cosas dulces al oído, besa mis labios, y nos hacemos uno sobre una telaraña etérea.

La ella que todos ven es una chica de piel sedosa y lozana, de ojos oscuros y dulces, de manos y pies delicados y tersos.

Mi ella me habla en sueños, me cuenta cómo ansió verme durante todo el día, escucharme y rozar sus labios contra mi piel. Su presencia huele a rosas marchitas, y sus besos saben a caramelo. Ella es pétalo, canto de un ruiseñor. Viento que acaricia mi cabello, agua que enjuaga mi rostro.

Cuando me despierta el alba, me doy cuenta de la diferencia que existe entre mi ella y la que todos ven. Su versión corpórea, que camina en su cuarto y en el comedor de su casa, que conduce su automóvil todos los días, y que ríe, llora, duerme, y fantasea con su felicidad, como lo hacemos todos, lo más probable es que no viva suspirando por mí, ni que en sus sueños me haga el amor sobre las hileras del viento. No sólo que es más que posible que no comparta mis fantasías, sino que no se acuerde de mí del todo, que cuando piense en mí, lo haga porque me vio caminando en la plaza. Tal vez piensa “por ahí va él”, sólo por cierta cortesía subconsciente humana, o porque le resulta graciosa la forma en que llevo peinado mi cabello.

Mi ella es sólo un espejismo, pero es lo único que tengo. Es quien colorea mis sueños monocromáticos.

Tal vez, los momentos que he vivido junto a la ella del tiempo en vigilia, son los que han dado rienda a esta alocada fantasía.

La primera vez que le hablé, me despertó cierta curiosidad atrevida. Luego tuvimos nuestros momentos, pero fueron muy casuales.

Una noche salimos a comer con todos nuestros amigos, me despedí de ella luego de la salida y sostuve sus manos por unos instantes. Creo que fue ese momento lo que hizo estallar mi imaginación. Finalmente, me encontré en varias situaciones en las cuales pude haber besado sus labios, pero no lo hice, tal vez por timidez, tal vez por miedo.

Esos momentos con aquella dama de carne y hueso no forman parte de mi imaginación, ocurrieron. Pero sólo ella, el tiempo que transcurrió, la brisa que nos envolvió, y yo, somos testigos.

Esta explicación sólo me sirve a mí, para conservar mi cordura, y, para que cada vez que empiece a sentir que la realidad se comienza a desdoblar, tener en cuenta de qué es lo vivido y qué es lo soñado. Sólo espero que algún día la ella de mi fantasía y la ella de mi realidad se encuentren, y los tres disfrutar de sueños y verdades.

Pensamiento En Tres Tiempos

El tiempo futuro es una maraña de sucesos que no han ocurrido, las cuales causan tensión, y sólo sirven para percudir la imaginación. Con el “ay, si fuera” o el “podría ser”, el ser humano tiende a planificar toda su vida. Todo su destino gira en torno a una posible mentira o a un remoto tal vez.

El tiempo presente es como las líneas que se forman cuando vas en el asiento trasero de un automóvil mirando hacia afuera por el cristal pequeño. Es todo un itinerario de detalles prácticamente imperceptibles; un conglomerado de colores y formas indivisibles. Todo ocurre tan rápido: es tiempo presente, el cual, al culminar su análisis, ya es pasado.

Admito que soy parásito del tiempo pasado — es lo único claro, lo único acerca de lo cual puedes estar seguro, a ciencia cierta, que es completamente veraz. Está evidenciado, y podemos regresar a él cuantas veces queramos. Sólo existe una condición: regresamos en calidad de espectadores. No es posible cambiar nada ahí, y revivimos sin claridad, a veces perdiéndonos en una temporalidad tempestuosa.

Existen muchos pensares en cuanto al pasado, y reina la idea que al ser pretérito, no vale la pena regresar. ¿Pero no es este tiempo que pretendemos olvidar nuestra mejor guía acerca de como conducir un presente cuyo diario sea uno digno de releer?

Existen también quienes hacen de su ayer un hoy. ¿Es eso posible? Podemos hablar de cómo, al momento de cavilar sobre lo viejo, lo hacemos nuevo, por estar invirtiendo recursos disponibles sólo a la contemporaneidad. Quien sabe, tal vez al pensar en el pasado, estamos haciendo un viaje temporal, histórico.

Estas son sólo ideas torcidas en cuanto a un tema incierto, variable. Siéntase libre de crear su propio criterio, y quien sabe, tal vez cuando alguien lo visite, ese pensamiento añejo podría convertirse en uno corriente, hogaño.

Que Me Entierren Como Gánster

Cuando yo fallezca
cuando esta barba ya no crezca
que me entierren como gánster
con cadenas de platino y diamantes.

Quiero ser recordado como gigante
y sepultado pomposo y galante
con un gabán de cabello de camello
con bufandas de oro y terciopelo.

Si muero en un río ahogado
que mi ataúd quede siempre sellado
que me recuerden con un afiche
que cuelgue desde un piso quince.

Si muero baleado, masacrado
que me recuerden como Dios alado
reviviendo siempre mi grandeza
que de muerto me mienten alteza.

Y que mi música viva en voces y hologramas.
Y que mis versos los recen todas las semanas.
Y que mi sonrisa se recuerde sincera y perlada.
Y que mi esencia quede como esfinge, eterna.

Cuando yo fallezca
que me envuelvan en seda perfecta
y me entierren como a gánster
y me veneren como a magnate de Harlem.

(Gracias Tupac, poeta callejero)

Obvio, Desespero

Cuando estoy contigo
a veces no quiero
y cuando no estoy
sólo desespero.

Sentir tu caliente aliento
vivir tus suspiros
tu tacto, no miento
cuando te digo
que estando contigo
y cuando no estoy
se desborda un anhelo.

Cuando mis labios
rozan los tuyos
cuando tu lengua
y la mía son uno
cuando tus manos
blancas como alma
las tengo, cuando no
te extraño, sincero.

Sabes, te quiero
te amo y te idolatro
eres ese cuadro
que cuelgo de mi pecho
que me revive
cuando caigo muerto
nacen en mi lápiz
versos alfareros.

Abres las puertas
del cuarto y veo
menuda la ropa verde
me sientes y te siento
cuando los cuerpos
a un ritmo son uno
llegado el momento
te vas a tu vida
tu hálito se despide
extraño tu cuerpo
extraño tus besos
obvio, desespero.

Se fue

Ya no escribo como lo hacía antes. Tampoco dibujo, ni sueño, como en noches anteriores. Perdí la fuidez de los dedos, y la vividez durante la penumbra. La verdad es que poco hago para perseguir la niñez que me abandona día a día. Veo a otro yo en el espejo: un hombre cuya vida ha sido remplazada con los sueños de otros, sin ambición, sin deseo. A veces, este espejo muestra un campo esteril, seco.

Aunque recuerdo aun las cosas que me hacían perseguir estrellas y sueños fugaces, poco hago. He aceptado el frío del mundo real, lleno de almas etiquetadas y edificios grises.

Muchas veces me encuentro rodeado de gente que me ama, y sonrío, mientras ese otro yo divaga a través de un paraje melancólico, reminiscente. Veo las sonrisas jóvenes de antes, y me dejo seducir por su efímera y antigua verdad. Mis manos callosas ya no pueden arrastrar mi cuerpo a través de este océano de voces.

Por lo general, cuando me siento a escribir, las ideas huyen de mi lápiz. ¡He olvidado tanto! ¿Se supone que el humano olvida de esta manera? No puedo dibujar labios, ni marcianos, ni vampiros. No puedo hablar de amigos y amores viejos, sin perder el hilo. Dibujaba las curvas de una mujer, o escribía acerca de ellas. Daba igual, se mantenían rondando mi cuarto — pasajeras, pero vivas.

Muchas veces prefiero el sueño a la vigilia, pues es en ellos queda alguna esencia de aquel yo. La noche me hace recordar la respiración de este cuerpo gris y frío, como glaciar de agua sucia. El sol me hace olvidar aquella sonrisa dinámica que me caracterizaba, y las ilusiones de barajas con las cuales entretenía, y los chistes. Ah, los chistes… Recuerdo uno solamente, y lo he hecho tantas veces, que me cuesta convencerme de su gracia.

Me he perdido en las memorias de otros. No me lamento, pues ni cuenta me doy. Camino cabizbajo por pasillos, atravieso puertas, mas esta somnolencia no me deja sentir.

¿Que a dónde voy? Quién sabe. Tal vez me dejo caer por uno de estos drenajes mohosos. Tal vez continúo recogiendo las frutas que se dan en mi patio, para sustentarme, para mantener los pasos que me llevan hasta mis cotidianas tazas de café.

¿Que qué queda? No sé. Sólo sé que quien estaba ya se fue.