El Dragón de la Calle Melquiades

Desperté desnudo, desorientado, y con las manos cubiertas de sangre. Mi memoria era un revoltijo de imágenes borrosas, en las cuales nada era inteligible. Creo que tenía carne y pelo en mis uñas, las cuales llevaba un poco largas. Mi boca tenía un sazón mórbido de sangre y vómito.

Me acerqué a una pequeña charca, dónde enjuagué mi rostro y mi cabello. Luego froté mi pecho, y me di cuenta que estaba herido. Tenía un orificio en un costado, como un disparo. Al palparlo con mis dedos, un dolor agudo cruzó meridionalmente mi cuerpo. Me sentí un poco mareado, y me recosté en la grama boca arriba, mirando el sol del mediodía con ojos entreabiertos.

Creo que perdí la cuenta de las veces cuando despertaba en un lugar desconocido, desvestido y malsentido. De hecho, ya estaba acostumbrado a la rutina de robarle su ropa a algún vagabundo, llegar a casa, curar mi cuerpo, como haciendo remiendos de costurera, y continuar mi vida como si nada. Usualmente las heridas sanaban por completo al final del día.

Durante la semana, ejercía como profesor de literatura inglesa en la Universidad de Coralinde, y ya mis estudiantes estaban acostumbrados a mis cortas e inesperadas ausencias.

Todo parte de mi estilo de vida prácticamente perfecto, hasta que se acercó Clara con el periódico de antes de ayer en sus manos.

– “Profesor, siempre que usted se ausenta, ataca el Dragón de la Calle Melquiades. ¿No será usted el monstruo?” – preguntó, con una sonrisa pícara en su rostro.

La miré y le gruñí, como haciendo un chiste. Ella sonrió por compromiso.

– “¿Quieres tomar un café?” – pregunté.

– “Seguro que sí. Vamos, profe.”

Desperté desnudo, desorientado. En mis ojos, el sol naciente. En mis labios un sabor a sangre y lápiz labial. En mis manos, cabello. A mi derecha, un cuerpo de mujer, destrozado. A mi izquierda, la otra mitad del mismo cuerpo de mujer.

Con una pésima combinación de llanto y asco, corrí desnudo por aquel parque, y me encontré de frente con unos policías que hacían su ronda mañanera.

– “Justino Vidal” – repitió el investigador – “háblenos acerca de su noche.”

No tenía absolutamente nada que decir, mi memoria estaba en blanco. Sólo recuerdo un olor a café, una luna en menguante, sus senos apretados a mi pecho, y su suave boca derretida sobre mis labios.

– “Justino Vidal” – insistió – “¿es usted el Dragón de la Calle Melquiades? Este asesinato concuerda con el patrón. La víctima despedazada, como atacada por una bestia. Hay hasta partes que nunca aparecen. ¿Come usted partes de sus víctimas, Vidal?”

– “No. Y no soy el Dragón ese. No sé que hago aquí. Sólo sé lo que aparece en el periódico.”

– “Ahora nos va a negar que usted mató a la joven Clara Montero. Usted no es sólo un animal, sino también un embustero. ¿Quiere ver las fotos?”

– “No. Estuve anoche con ella, pero fuimos atacados por alguien que robó mis pertenencias y le debe haber hecho daño a la muchacha.” – le contesté al policía, con toda la seriedad del planeta.

– “¿Y usted espera que le creamos?”

– “Sí.”

Esta celda era una pequeña y aislada. Me consideraban un prisionero peligroso, aunque realmente siempre fui un caballero con todos ahí, hasta hoy.

– “¡Déjenme salir! ¡Soy inocente! ¡Necesito salir de aquí!”

Pero nadie escuchaba, y a nadie le importaba. Estaba sudando y me dolía mucho la cabeza, asumo que era la ansiedad.

Con cada uno de mis gritos, mi voz cambiaba, y se tornaba más gruesa, más violenta. Estaba perdiendo el control de mi cuerpo, y cada vez aquella pequeña gruta enrejada me parecía más pequeña. Y con un mareo súbito, creo que desmayé.

Abrí los ojos, y no reconocí dónde me encontraba. Uno de los guardias de seguridad tenía un rifle apuntado a mi cabeza.

– “¿Qué ocurrió? ¿Dónde estoy?”

– “Definitivamente, el Dragón de la Calle Melquiades es un apodo muy acertado.”

Aunque me encontraba atado al suelo, pude observar a mis alrededores lo que parecían ser pedazos de seres humanos. Creo que alcancé a contar doce o trece cuerpos, pero puedo equivocarme.

– “¡Dispárale en la cabeza!” – gritó uno de los policías.

– “¿Entonces no recuerdas nada de esto?” – me preguntó aquel hombre, mirándome a los ojos, y con una pistola en mi cara. El sargento tenía la piel abierta en el área del cuello, y mucha sangre en la ropa. No quería ni preguntarle qué o quién había causado esas heridas.

– “¡Quítenle las amarras!”

Se acercaron un par de hombres uniformados enormes, y desamarraron aquellas cadenas. Me puse en pie, y miré mis alrededores.

– “Veinticinco hombres muertos. Doce heridos, incluyéndome a mí. Nunca había visto algo así. Es como una película de terror. Cuénteme Vidal, ¿realmente no recuerda nada de esto? Ah, y no haga ningún movimiento brusco, porque hay francotiradores esperando por mi orden para matarle.”

– “No recuerdo nada de esto. Estaba dormido en mi celda.”

– “Cinco horas tratando de detenerle. Trasladamos a los prisioneros fuera de esta área. Usted es un monstruo. Debería matarle ahora mismo, pero por ahí viene alguien que va a trabajar con usted. ¡Maldito sea, Vidal!”

Me acerqué a su oído, y susurré una palabra: licantropía. Y acompañando mi voz, se abrió fuego contra mi cuerpo. Caí al suelo, sintiendo como me rodeaba una tiniebla espesa y negra, y cómo se me escapaba la vida a borbotones.

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