Caliza plantada entre la espina y mi huella
carso que mulle mis chanclos cansados
voz del hálito, ni hambriento ni sediento
murmullo interior, templado, terco, ciego
quien cuando se amenaza con ahogar la brasa
no se deja, no se queja, ni me deja, ni me aqueja
no se quiebra, aunque la sombra arda como hiedra
sólo empuja, urge los pasos en reticencia.