Cambia

Nos miramos en esos ojos,
que con el tiempo aclaran
saboreamos esos labios
que los años agravian
tomamos esas manos
que el trabajo maltratan
soslayamos esas almas
que los cuerpos acaparan.

Cambiamos rápido
en tres o cuatro años
serán décadas o siglos
y las batallas que vivimos
esas si que mutan
es el espíritu que lucha
que a veces se quebranta
y otras se desnuda.

Las aves en el horizonte
sinsontes mudando colores
las rocas bajo el agua
las cascadas y alboradas
las nubes, esas cambian
cada cinco, solas nadan
sea de día o de noche
son colores en derroche.

Observo tu mirar
el de cambio permanente
perdiendo su luz amena
como cueva en la ladera
mientras, la vida cambia
y ese cambio si que cala
un día nace, y se renueva
pero es siempre perecedera.

Pero algo no cambia
solito se mantiene
pasa el tiempo sonámbulo
que no anuncia sus actos
es sólo cambio en los años
siglos y días aledaños
siempre distinto, siempre está
ese ahora que al instante llega.

(Gracias, Negra)

Carne Corazón

Carne corazón
que olvidó su canción
vaga buscando refugio
bajo la luz del sol.

Buscando versos ocultos
persigue una sombra esquiva
donde la locura es cotidiana
y la cordura no halla son.

Viste palabras áfonas
que huyen de su boca
se escurren entre los dedos
caen al suelo, polvorientas.

Etéreo sinsazón
regala su piel yerta
anda tras los arrullos
ocultos de la razón.

Musa muerta
engañosa y revuelta
dale sol o sombra
diario o mensual.

Musa furtiva
ladrona de poesía
si duermes, muere ya
si vives, duerme ya.

Cemíes de Ratán

Esta patria que suda
que hiede su libertad
sin pies ni palabras
prisión de su verdad.

Es el verde segado
es el pájaro desalado
es el deseo coartado
es el dueño desterrado.

Dónde estamos hoy
caminando sin un norte
sin perseguir el horizonte
nos mienten, pero estoy.

Tallando cemíes de ratán
comiéndonos la lealtad
adorando héroes coloridos
que vuelan alto y sinsentido.

Cambiamos taínos de papel
por chuletas en el mantel
cambiamos Albizus plateados
por pizza del supermercado.

Y donde quedan los sueños
el antaño y los recuerdos
ya no sudamos ni hedimos
solo ignoramos y sonreímos.

Borikén, dónde estás
te busco inmóvil en la mar
Puerto Rico, dicen que vas
celebrando morir sin libertad.

Cuchillos De Papel

I

Quién tema escribirle al amor
que ni lo haga de la vida
porque tema es de muchas millas
existencias y calles recorridas.

II

Sacarse un puñal mohoso del pecho
más fácil que sacar amores del corazón
el cuchillo deja cicatriz, los amores, recuerdos
que te carcomen como cáncer de fuego.

Siempre palabras, como un bisturí
rompiendo el pecho con frenesí
con cariños, te amos anestesiantes
somnolencias que desollan instantes.

Son cuchillos de papel estas letras
dulce verde, dulce vino, dulce cianuro
la vida se escapa, lento, pero seguro
zurciendo melancolías y atando nudos.

III

Momentos que no maduran en recuerdos
recuerdos que no maduran en eternos
pero momentos y recuerdos son historia,
características innegables del tiempo.

Es el tic-toc arenoso sin compás
si ganaste la vida, me alegro,
luego de tantos amargos serenos
yo perdí veranos, y gané desesperos.

Y es que el tiempo es el peor castigo
minutos convertidos en maleficios
pero hay que mantener la mirada en alto
para no perder cordura ni dar el salto.

IV

Ayer te perdí envuelta en te amos
es cierto que la tolerancia retamos
pero recuperé mis noches de sueño
aunque adquirí vidas de desvelo.

Y ahí estuvieron, en mis manos
en mis ojos y en mi boca, efímeras,
la sonrisa contagiosa, la mirada profunda
el alma que habita pupilas nocturnas.

Es el brillo pasajero de las auroras
cristal espejado con distorción aparente
es ilusión del camino terrestre
como canciones de amor silvestre.

Sobre arcilla, vagando rumbo al horizonte
le escribo al corazón y a la razón
sin miedo a la vida ni a los adioses
de eso tratan la historia y los amores.

Esto Es Sólo Ritmo

Esto es sólo ritmo
letras sin egoísmo
poesía que rima
pa la puta
y pa la fina
que baja medicina
shot de gelatina
digiérelas con calma
que se asienten en la panza.

Pa los que dicen
y pa los que lucen
pa los que hablan
y pa que los que escuchan
pa los que dicen la verdad
pa los que cantan realidad
con cierto ritmo
letras sin egoísmo
poesía que rima
pa los de la esquina
pal que mata
y pal que muere
escúchame en la cárcel
o de las nubes como ángel
sea que vueles en el cielo
o te revuelques en el infierno.

Que dije aquí
absolutamente nada
hablando baba
como los que disparan
con balas de salva
como los que cantan
que ofrecen tiros
como Dios dando castigo
pero no dan un tajo
por el que estudia
o por el que trabaja
ni por las madres
ni por los menores
todo es discoteca
la joda de jodedores
mientras el país se jode
se cae entre perdedores.

Pero esto es sólo ritmo
letras sin egoísmo
poesía que rima
pa la puta
y pa la fina
que baja medicina
shot de gelatina
digiérelas con calma
que se asienten en la panza.

Inverosímil

Cómo extraño ciertos cálidos besos
aquellos que convertías en versos
cómo extraño ciertas suaves caricias
los alientos fugitivos de vidas furtivas.

Eres hoja seca viviendo en mi cabeza
revoloteando, mariposa chueca
espejismo de este mar sin vida
sin arena, sólo polvo y despedida.

Tus recuerdos como pulgas y gaviotas
o como los insectos de las tortugas
refugiados cobardes en la penumbra
son luciérnagas que ya no alumbran.

Aún te pienso llegando tarde, sin avisar
sin tocar la puerta, entrando sin pensar
anidando un sueño tras aquel cerezo
nadando las nubes, dueños del cielo.

Hoy se sirve la cena, y se cavilan ayeres
Grises las memorias de quien no vuelve
ni en luces, ni en sombras, ni en sueños
ni en suspiros, ni en silentes deseos.

Por Ahí

Cuando te vea por ahí con él
que voy a hacer, no lo sé
imagino que actuar normal,
como si nada pasara ya.

Pero sabes que los hombres
de cara al sol somos inmutables
pero cuando llega la noche
también sufrimos por amores.

Qué puedo hacer, no lo sé
para esas cosas no tengo un plan
imagino que “como estás”, saludaré
“Mira, bajó de precio el pan.”

Cuándo te vea por ahí con él
qué voy a hacer, no lo sé
imagino que sonreír normal
como si nada pasara ya.

Con un “cómo estás”, saludaré
“Yo bien, extrañando, ya tú ves
escribiendo, y en las mismas
a ti, cuídate, y a usted, un placer.”

Cuando te vea por ahí con él
que voy a hacer, no lo sé
saludarte, actuando bien normal
y continuar mi camino sin pensar.

Vampiro, II

Abrí mis ojos.

Una sangre negra y espesa empapaba mi cuerpo. Un agua rosada y rala resbalaba sobre un rostro níveo que me observaba fijamente, como estatua. Nuestros colmillos estaban a la vista, como dos felinos al borde del ataque, mas yo sería incapaz de lastimarla. Ella, mi creación, mi hija, mi amante eterna.

No siento dolor físico, aunque mi alma convulsiona al ver a Verónica sosteniendo esa viga de hierro ensangrentada, con un extremo en sus manos, y el otro en mi corazón.

“Debes morir,” – afirmó, con voz serena – “no puedes hacerle esto a más nadie. ¡Es insoportable vivir de esta manera!”

“Es que no estás viva,” – respondí con un rugido casi mudo – “estás muerta. ¡Muerta!”

Con un súbito movimiento, alcancé su cuello, y lo apreté. Mi mano se humedeció con su delicada existencia, la cual también se desbordó de su boca, como un manantial.

Miré el reloj que se encontraba en la pared: seis menos cuarto de la mañana, y la luz del alba comenzaba a asomarse entre las ventanas. Extendí mi brazo, y la coloqué justo bajo aquellos rayos malditos, y sentía como nuestras pieles se chamuscaban rápidamente. En sólo segundos, su rostro se transformó en una figura indescifrable y polvorienta. Con el movimiento de mi muñeca, cayeron al suelo las cenizas de su cuerpo, como arena fuera de un reloj.

Sentía mi mano cociéndose bajo el sol abrazante, y la retiré.

“Ahora tampoco verás el gris de las noches”, murmuré. Unas gotas de tinto oscuro rodaban ahora por mis mejillas. Verónica, te amé. ¡Cómo has podido hacerme esto!

Arranqué aquella lanza de mi pecho, y la herida se cerró casi instantáneamente. Me sentía débil. Volteé mi rostro y vi una pequeña rata tratando de escapar la mañana. Con una velocidad irreal, la capturé, y bebí su elixir asqueante.

Acto seguido, regresé a mi ataúd, cerré su cubierta, y dormí.

No ha pasado ni un día de estos cien años en el cual no haya pensado en ella. La noche se volvía alba en el recuerdo de su piel. La extraño, y aborrezco el haber fallado en hacerla comprender que mi amor hacia ella era uno que quería llevar más allá de la muerte. Por eso la hice vampiro con la eternidad en mi amor.

Cuando me aburría, dejaba volar mis sentidos junto a las corrientes de viento. Esa melodía ventolera susurraba nombres a mis oídos, y acariciaba los vellos de mis brazos. Era todo una gran fiesta sensorial, que a veces me hacía reír, y otras hasta gemir. Era toda una experiencia que me enajenaba de mi humanidad, o de sus vestigios.

Caminaba esta noche dejando que la luz de la luna acariciara mi palidez, cuando escuché un grito a lo lejos, y junto a ese grito, un nombre y un rostro se apoderaron de mis pensares: Valeria.

Me deslicé hábilmente entre las sombras hasta llegar a un oscuro callejón donde un vagabundo intentaba aprovecharse de aquella joven mujer. Con una velocidad invisible, lo desprendí de su vida. Ni siquiera alcanzó a sentir mis colmillos felinos rompiendo la piel de su cuello. De un sorbo sacié mi hambre. Mis mejillas se ruborizaron, y podía escuchar los pensamientos a millas y millas de distancia. Es el efecto que tiene la sangre fresca en mi cuerpo. Me embriaga un sentido de invencibilidad y eternidad.

El cuerpo vacío del vagabundo semidesnudo cayó al piso. El cuerpo terso de Valeria se encontraba tembloroso, justo al lado. Su piel desnuda estaba decorada con unos golpes, y un puñal enterrado en su costado. Estaba muriendo rápidamente. Alcancé a deslizarme entre sus pensamientos, y eran tan dulces como parecía su piel acaramelada. Entre su maraña gris vivían un perro, Boston, y un abuelo recién muerto, Don Pepe. Pronto estaré contigo, abuelo, pensaba ella.

Abrí la solapa de mi camisa, y con la uña de mi dedo índice, tracé una línea en mi pecho, la cual, instantáneamente, se volvió sangre. La levanté del suelo, la abracé, y el tinto caía como fuente de vida sobre su boca. El dulce la despertó, y besó mi pecho. Con cada beso, bebía. Con cada sorbo, las heridas de su cuerpo cicatrizaban.

Acerqué mi boca a su cuello, y la acaricié con mis labios. Con un delicado gestó, clavé mis dientes, y bebí de ella. Su sangre me refrescaba – tan dulce, tan limpia. Nos infundíamos vida el uno al otro.

Su piel caramelo se volvió más cobriza, asemejaba una princesa india. Me observó a los ojos, y sus labios pronunciaron una sola palabra: “Vampiro”. Pero su voz no tenía miedo, todo lo contrario. Ella sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, y me abrazó fuerte. Ya mi herida se encontraba cerrada, al igual que las suyas.

“Explícame, háblame de ti. He leído del Nosferatu, pero sé que en la literatura lo veraz y la fantasía se entremezclan. Cuéntame.” – me decía con una voz dulce, pero inquisitiva.

Le hablé de mí, narré toda mi historia. Le conté acerca de Verónica – de cómo la amé, y de cómo me odió. Le hice mil historias de paz y guerra, de conquista, y de los errores de las religiones, porque ni Dios ni el Demonio existían. Y justo finalicé mis palabras, me reflejé en sus ojos y me adentré en su mirada. Con un parpadeo, mi presencia se convirtió en menos que un recuerdo. Para ella, me acababa de convertir en no más que una de esas brisas pasajeras que suelen acompañar al viento.

Hoy vestía una capa marrón, que hacía juego con mi correa y mis zapatos. El resto de mi vestimenta era negra, lo cual resaltaba la palidez de mi piel hambrienta. Mi cabello estaba despeinado, y mi rostro no lucía afeitado. Mi piel olía a tierra y especias.

Me disponía a acompañar a Valeria en su caminata nocturna, sin que ella lo supiera.

Solía jugar con su imaginación. Le presentaba mi rostro o mis colmillos por fracciones de segundos, pero tan rápidamente, que no lo podía distinguir. A veces, le mostraba su cuerpo muerto, sin sangre, con dos agujeros en sus muslos, en sus brazos, o en su cuello. Esas visiones la aterraban.

Se había vuelto mi juguete. La acechaba, hasta a veces pensaba en hacerla mi compañera.

Ella regresaba de su trabajo caminando por un laberinto de calles oscuras que la conducían directamente a su apartamento. Era la misma rutina que repetía todas las noches. Llevaba un año caminando junto a ella, entre las sombras. Mis pasos se escuchaban a lo lejos, a veces como gotas de agua, otras, como golpes del martillo de un herrero. Asustada, aceleró su paso.

Corrí por su lado en varias ocasiones, levantando su falda, como un huracán de carne muerta. Luego, casi imperceptiblemente, rasguñé un muslo.

Sangre.

Como rocío mañanero, descendía sobre su entrepierna, y mis sentidos enloquecieron. Este juego avivaba tanto mi hambre como mi curiosidad. Corrí nuevamente cerca de ella, casi invisible, y di otro zarpazo con mis uñas cristalinas, esta vez, arranqué un trozo de su traje. Ahora, ella corría despavorida por aquellos callejones, muda del miedo. Sus gritos morían en su garganta.

Me acerqué, y dejé que viera mi cara. Arranqué el tope de su traje, y besé sus senos con mis colmillos. Valeria se encontraba al borde del desmayo, pero al verme, mil sueños, acompañados del vago recuerdo de mi rostro, surcaron su mente. “Te conozco, vampiro.”

“Si” – contesté, besándola apasionadamente y mordiendo sus labios. Ella me correspondía, y sus gemidos hacían eco en mi garganta. Me divertía, perdido entre sus pensamientos.

Su miedo se transformó en una curiosidad lujuriosa. Mi deseo de juego se convirtió en una pasión desmedida. Arrancamos lo que quedaba de nuestras ropas, y nos ocultamos entre las sombras. Con cada sorbo de su sangre, sentía como se erguía mi sexo, y en un rápido y sutil movimiento, entré en su cuerpo.

Nos movíamos con agilidad felina. Nuestras voces sólo hablaban nuestros nombres, ininteligibles. Nuestro aliento era férreo y sensual.

La luna nos hacía compañía, y entre nubes nos descubría. Acompañado de uno de sus últimos destellos, la mordí desmedidamente. Tragué casi toda su sangre y sus lágrimas, que se adueñaban ahora de sus mejillas. Y cuando casi no escuchaba su respiración ni sus latidos, y su piel se sentía casi fría, corté mi yugular con mis uñas, y acerqué su boca.

Bebe y vive, siempre en mí, y para mí.

Y mientras se deleitaba con mi vida, corrí rápidamente con ella en un abrazo hacia un cementerio cercano. Y bajo la tierra de la fosa de un inquilino nuevo, dormimos como si fuéramos uno.

Abrí mis ojos.

Una sangre negra y espesa empapaba mi cuerpo. Una sangre roja, como cabernet, resbalaba sobre unas mejillas cobrizas que me observaban fijamente. Nuestros colmillos estaban a la vista, como dos felinos al borde del ataque, mas yo sería incapaz de lastimarla. Ella, mi creación, mi hija, mi nueva amante, atravesaba mi corazón con una viga de acero centenaria.

– “Demonio”, dijo Valeria, con voz pausada.

– “No. Amante. Padre. Protector. Nunca Demonio, porque ni esos ni los Ángeles existen.”

Con una velocidad irreal, arrebaté la lanza de sus manos, la desenterré de mi corazón, y deslicé mi lengua sobre ella.

– “Mi sangre es amarga. La tuya era dulce, hasta anoche. Ahora es igual que la mía. Vamos a adueñarnos de las penumbras, no temas. Ahora nosotros somos los Ángeles y Demonios que mientas. Somos los queridos Dios. Ven, vivamos bajo la luna.”

Ella me miró, estupefacta. Me acerqué y la besé en los labios, luego en su frente. Valeria asintió, y huimos de aquel lúgubre lugar, corriendo entre sombras y callejones, desnudos, sucios y sedientos.

¿Para Quién Escribo?

Cuando escribo, lo hago para mi sol, quien también es mi luna. Para esa rosa, que ilumina mis días, y en crepúsculos se convierte en pena. Por cada estrella, le entrego un respiro; por cada lamento, mil letras, las cuales derramo sobre este lienzo.

Hoy escribo para ti, para tu presencia ausente. Eres para quien interpreto mi personaje en este teatro lleno de rostros desconocidos.

Llevo tu alma tatuada en mis manos, tocar tu piel ha sido un pecado mortal. Pero cuando esa muerte oscurece mis ojos, renazco en las hojas de tu alba, recordando el destello de tu sonrisa, desde esta penumbra.