La Muerte De Katerina: Día Dos

Ver el “Día Uno”…

“Háblale.”

“No, háblale tú, que estás cerca de su oído.”

“Katerina” – susurraba – “¡Tan grande y tan pálida! ¡Tan gris!”

Con un giro de su cabeza, una de las diminutas arañas cayó al suelo, mientras la otra se aferró fuertemente a su oreja. Con un poco de impulso, entró en su oído.

Ahora su voz era estruendosa: “Ahora soy parte de tu pensar. ¡Me tienes atrapado en esta mugre! ¡Seré parte de tu carne y de tu cerebro hasta que mueras!”

Desesperada, Katerina tomó unas tijeras, y comenzó a rascarse violentamente los oídos y la cabeza. Sangre se disparó explosivamente, y un alarido escapó sus labios.

Ahora, la voz reía maniacamente: “¡Puta gris, llegué para quedarme!”

Sin poder aguantar más, corrió desde su baño hasta su cuarto en el segundo piso, y de un salto atravesó aquella ventana de cristal que una vez sirvió de marco para su cuerpo colgado.

Escuchaba los gritos en su interior, pero también sentía la brisa abofeteando su rostro.

Súbitamente, la yerba fresca acariciaba su cuerpo, y las voces eran ahora mudas.

Cuando abrí los ojos, vi unos pájaros negros volar justo frente a mis ojos, tan cerca, que parecía que se iban a enredar en mis largas pestañas. Traté de alcanzar uno con mis manos, pero desapareció entre mis dedos.

Me levanté, y pude admirar aquellas flores extrañísimas que vestían el patio de mi casa, las cuales hacían cosquillas en mis pies. Eran pequeñitas, negras, y con su centro rojo. Caminé sobre ellas, alrededor de una casa muy similar a la mía, pero no creo que lo fuera, porque esta era vieja y descolorida. Además, mi casa tenía tejas color ladrillo brillante, y las que veo tienen el color de la sangre seca. Decidí alejarme un poco, porque su olor a humedad me daba náuseas.

Más adelante, pude divisar un cuerpo inerte en el piso. Tenía un parecido conmigo, pero no era yo, pues yo estaba aquí. Era como una reflexión de espejo, pero inmóvil, y con su cara cubierta de sangre, vidrios y astillas. Había unas tijeras que salían de un ojo.

Di media vuelta, y cerré los ojos. Podía escuchar el zumbido del viento, y sentirlo en mi rostro. Podía saborear la grama fresca. No era ni de noche ni de día, no veía ni sol ni luna: era todo una tétrica penumbra. Poco a poco se iba aclarando mi memoria. Debo estar muerta, pero es tan distinto a la primera vez que lo estuve. La magia había sido reemplazada por un aroma a miedo.

A lo lejos, divisé una pequeña cueva, hacia la cual me dirigí.

La entrada estaba cubierta por un musgo marrón, como espumoso. Se escuchaba un eco reconfortante en su interior, así es que entré. Creo que escuchaba música. No, eran pequeños gemidos melodiosos. Eran voces que exhalaban el placer de la carne. Me percaté que esta profundidad húmeda tenía un olor a mar, un aroma sexual.

A medida que me iba adentrando en la cueva, el olor se intensificaba, y los gemidos se escuchaban más fuertes, y poco a poco mi cuerpo enloquecía. Sentía el placer extraño de quién hace travesuras y es observado secretamente. Me recosté de una pared y me deslicé hasta su suave suelo. Acaricié mis senos, pellizcando mis pezones. Aquel olor acariciaba mi cintura y mis muslos. Con mis manos, exploraba los menudos vellos que rodeaban mis entremuslos, y acariciaba aquel pequeño pedacito de carne que iba cobrando rigidez. Mis suaves gemidos hacían compañía a la musicalidad de aquella gruta. Mi cuerpo se encontraba húmedo con perspiración y lujuria.

Sentía unas manos invisibles haciéndome el amor, inundando mi boca con su éctasis, y acariciando mi cuello con su lengua. Junto a las naturales contracciones orgásmicas en mi vientre, sentí algo moverse, justo ahí adentro. Súbitamente, mi placer se convirtió en una desgarradora agonía. Unas patas antropoideas salían del núcleo de mi placer, rompiéndome, como un parto, pero no uno humano. Fatigada pude observar como una gigantesca araña cubierta de sangre huía de mi cuerpo, caminando por las paredes de aquella tenue cueva. Aquel horrendo animal cruzó un enorme acantilado, hasta llegar al otro lado.

A medida que la araña se alejaba, dejaba atrás, como rastro, un fino hilo sedoso, que formaba un puente entre ambos lados del vacío.

Perseguí con mis ojos aquella tela sedosa, hasta llegar a su origen, donde se cruzaron nuestras miradas. Ella reía burlonamente, y repetía: “Eres gris. Ayer eras gris. Aún adentro de tus oídos mugrientos, sigues gris, como ceniza de cigarrillos, como el polvo de tus huesos.”

Me armé de valor, y decidí cruzar aquel fino puente para confrontar aquel maldito ser, que me atormentaba, y que es responsable de estos vidrios que visten mi rostro.

Luego de caminar dos o tres pasos, me encontraba frente a ella. Con sus mil ojos, y conservando una postura estatuesca, me observaba, y con un inesperado movimiento, devoró mi piel. Mi alma huyó despavorida, buscando refugio en las sombras más oscuras de la cueva. Era yo ahora un músculo vacío, frío, y rígido.

Sin poder contenerme, caí al suelo, temblorosa.

Aquella bestia se acercaba, al parecer, a concluir lo que había comenzado, y así lo hizo. Arrancó primero una de mis piernas, luego devoró los dedos de mis manos, y luego, el resto, de un solo golpe.

Sobre aquella oscuridad que digería lentamente a Katerina, se observó una luz. Dos, tres, más rayos de luz, como dedos, o como un cuchillo, entrando por el vientre de la araña. Ella pudo ver su rostro reflejado en aquella luminosidad. Era ella misma, su alma que había salido de su escondite.

Poco a poco, se fue volviendo tenue la luz, y el espacio se iba encogiendo.

Sentía al monstruo encogiéndose a mi alrededor, y lentamente, su piel se convertía en la mía. Ahora, no hay más araña, lo que queda es un pellejo gris sobre mi luz.

Me sentía libre, aunque presa en aquella cueva, cuyo puente sedoso había quedado destruido.

También sentía el suelo caer a mi alrededor. Y yo me derrumbé, también, junto a la cueva.

La luz entró a través de uno de sus párpados, y junto a ella, un fuerte dolor en todo el cuerpo. Saboreaba sangre, madera y cristal, y escuchaba voces acercándose, junto al llorar de una ambulancia.

Una vecina la agarraba fuertemente de la mano.

“Ya viene ayuda, Kathy, no te preocupes.”

Y ella sonrió. Había muerto por segunda vez, y ahí estaba, de regreso a su cotidianidad, su gris, al igual que ayer. Su respiración era débil, y estaba segura que, lamentablemente, todo estaría bien.

Vampiro

“La eternidad es un concepto imposible de comprender por el hombre, por la naturaleza perecedera de todo lo que conoce.”
Hace mucho tiempo que soy vampiro. He aprendido bastante acerca de nosotros en los libros y en la televisión, aunque la mayoría es ficción. Ni las cruces ni el agua bendita me afectan, ni siquiera atravesar mi corazón podría causarme algún daño: todas son falacias del cine y de escritores con mucha imaginación. Lo único que tengo prohibido es caminar durante el día, porque sólo un destello de luz solar podría transformar mi cuerpo en cenizas. Mas aún así, quién lo puede asegurar, tal vez es también parte de la mitología popular.

Soy vivo, mas evidentemente, no en una forma natural. Soy, como puede imaginar, inmortal.

Puedo escuchar los lamentos de las ánimas y los latidos de un corazón a varias millas de distancia. Mis colmillos son largos, como los de una pantera, y afilados, como la espina de una rosa. Mis uñas parecen de cristal, y mis lágrimas son sangre. Cuando no me he alimentado por largos periodos de tiempo, mi piel irradia cierta brillantez sobrenatural, la cual me dificulta el caminar entre los mortales sin levantar sospechas acerca de mi origen. Y creo que usted, amigo lector, debe conocer el tipo de dieta que llevo, la cual es la característica que más distingue mi naturaleza de la humana. Han sido el tiempo y la experiencia mis mejores compañeros en esta aventura, ayudándome a separar los mitos de las verdades.

Este relato que les voy a narrar describe uno de los sucesos más significativos en mi existencia como caminante nocturno. Ocurrió luego de seis meses de haberme convertido en Vampiro.

Unas nubes grises, las cuales amenazaban con derramarse sobre la tierra fresca, opacaban los destellos de la luna en cuarto menguante.

Podía escuchar el crujir de las hojas al ser acariciadas por el viento; distinguir, mejor que nadie, los colores de los murales pintados en los viejos edificios de la universidad; respirar el delicioso perfume de las margaritas que florecían en bosques lejos de aquí, inalcanzables por la mano del hombre.

Algo que me deleitaba, y aún lo sigue haciendo, era escuchar el murmullo característico de las ánimas de las multitudes.

Allí me encontraba, parado frente al teatro, mi pensamiento dirigido hacia aquel torrente de emociones que emanaba del público, de los actores, del director de la obra que allí se presentaba. En fin, de todos los cuerpos almados que allí se encontraban. Jugué con sus mentes — con todas ellas — y las leía, como quien lee una revista. Me burlaba de sus deseos, de sus miedos, de sus risas y de sus llantos silenciosos, porque yo conocía el verdadero significado de la existencia. Fue ahí donde la encontré.

Su piel era blanca como la nieve; sus labios, como los pétalos de una rosa, suaves y delicados. Su alma tenía una delicadeza angelical y una sensualidad que enloquecía mis sentidos. Pude saborear su nombre en mis labios: Verónica.

Quería robar sus besos, sin quitar su aliento; sentir su piel, sin quitar el color rosa de sus mejillas. Pensar en su sangre recorriendo mis venas me hacía vivir. Sentía nuevamente el delirio humano, el cual había olvidado hace algún tiempo.

Verónica, ven, y dame tu aliento.

Yo estaba recostado de una pared sombría, desde la cual podía estudiar el movimiento de las multitudes entrando y saliendo del teatro, y, al mismo tiempo, ocultar el extraño resplandor característico de mi piel. Contemplaba la puerta de salida del teatro, donde ella aparecería.

Poco a poco, la penumbra que envolvía aquel lugar dejaba entrever una figura. Ahí estaba, bella en un vestido rojo, que resaltaba irresistiblemente la palidez de su piel. Su cabello estaba recogido, permitiéndome ver claramente su cuello, el cual se extendía hasta el cielo mismo.

Puse mi nombre en sus labios, y aunque me encontraba a muchos metros de distancia, pude ver como se transformaba su boca al invocarme en un débil suspiro.

Ella caminaba hacia la oscuridad que me rodeaba. Nos atraíamos como los polos opuestos de un cuerpo, ahora los polos opuestos de la existencia misma.

Ahí estaba yo, en mi vestimenta impecable. Llevaba una camisa negra de mangas largas y unos pantalones gris oscuro. Mi cabello negro, que hacía juego con mis ojos azabache, caía un poco más abajo de mis mejillas. Mi sonrisa perlada resplandecía, y resaltaban mis colmillos felinos.

Me acerqué a ella, y no sintió miedo: sabía quien yo era antes de ser Vampiro. Ya mis ojos se habían reflejado en los suyos; ya su nombre se había derretido en mi lengua.

Tal vez por eso la llamé. Siempre deseé poseer su carne y su espíritu; siempre quise sentir su dulce beso y su piel bajo mis uñas. Ahora todo era diferente: podía entrar en su mente y leer su espíritu, lo cual hice, nuevamente, mientras la miraba a los ojos.

Verónica sabía lo que yo estaba haciendo, mas no se resistió. Todo lo contrario, me abrió su interior y me mostró sus más íntimos secretos, sus fantasías y sus delirios. Desbordó toda su pasión en un pensamiento que estremeció mi cuerpo. Se acercó a mí, y tomó mis manos heladas, acarició mi rostro muerto, y siguió perdida en mi mirada. Era ella, ahora, quien trataba de buscar en mi alma, pero su condición humana no se lo permitía.

“¿Qué te ha pasado? ¿En qué te has convertido? ¿Qué eres?” – susurraban sus labios, ahora, con un poco de miedo.

Yo estaba ahí, sólo repitiendo su nombre en mi pensamiento. Mis labios eran incapaces de moverse. De la misma manera en que había puesto mi nombre en sus labios antes, susurré en su mente:

Verónica, hace tiempo que mi alma clama por la tuya. Hace tiempo que mi boca delira por tu piel, y mis manos por tu beso. Acércate a mí, y regálame tu hálito. Déjame beber del cáliz de tu cuerpo, y bebe del mío, para así culminar esta desesperación y comenzar una aventura. Vamos a convertirnos en una historia sin comienzo ni final, porque así es mi deseo por ti, infinito.

Ella parecía saber en qué consistía el ritual. Era lo único que los libros y el cine habían logrado reconstruir de la manera más fiel.

Se acercó aún más a mí, soltó su cabellera, y me besó. Aquel beso duró más de una vida, y fue, en ese momento, que se desbordó toda mi pasión. Ella cortó accidentalmente su lengua con mis colmillos, permitiéndome saborear esa sangre, tan llena de pasión y de vida, que circulaba sus venas. Un suspiro y mil gemidos escaparon de mi boca. Un escalofrío recorrió su delicada piel. Mordí mis labios, para que ella también pudiera saborear mi sangre. Al hacerlo, enloqueció apasionadamente. Ahora ella gemía.

Nos habíamos deslizado de sombra en sombra, hasta llegar a un lugar completamente desolado, lejos del teatro. Nuestros labios estaban llenos de una misma sangre; bebíamos de la copa que formaba nuestro besar.

En medio de ese remolino de emociones y caricias, deslicé mi boca desde sus labios hasta su cuello, y clavé mis colmillos de la manera más sutil, ella sintiendo el más delicioso dolor. Dejó escapar un suspiro, y otro escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza.

Sus manos encontraron las mías, y con sus uñas desgarró la piel de mi muñeca, derramando mi sangre con la promesa de una vida eterna.

Toma, bebe mi sangre, y sé eterna en tu amor por mí. Eterno soy en mi amor por ti.

Acercó mi brazo a su boca, y bebió. Mientras yo bebía de su cuello, ella bebía de mi muñeca, formando un circuito de vida mortal y vida eterna. Sentía sus senos contra mi pecho. Mi sexo se erguía, lleno de su sangre. Ambos éramos inmortales en nuestro deseo.

Mis manos descendían hasta sus piernas, se deslizaban sobre su piel, jugaban con su cabello, con su vestido, y con la brisa que acariciaba mis dedos y su espalda.

Mis besos viajaron desde sus labios hasta su pecho, desde su pecho hasta su vientre, desde su vientre hasta su pubis. Ella, con una mano, acariciaba mi cabello, y con la otra, mi espalda, ahora caliente porque su vida nutría mi cuerpo.

Mis labios se enmarañaban en su sexo. Mi lengua saboreaba el dulce néctar de su interior. Mi alma escalaba sus piernas temblorosas, se ahogaba en un suspiro al besar su cintura blanca, y renacía en el dulce de su sangre, que bañaba nuestros cuerpos.

Ella rasgaba mi pecho y mi espalda. Yo clavaba mis uñas en sus muñecas, y bebía aquel vino, que chispeaba dulce en mi boca.

En aquel momento, nuestros cuerpos estaban cubiertos por los vestigios de nuestra ropa. Eran, sólo, trozos de tela tintos y húmedos con el rocío de la noche y de nuestro líquido vital.

Yo estaba agotado por la sangre que había perdido. Verónica, aunque había perdido más que yo, había cobrado una nueva fuerza sobrenatural — poseía el vigor de inmortalidad.

Ahora ella bebía de mi cuerpo, de las heridas que tenía en mi pecho y mi espalda, mientras mi sexo buscaba más sentido en su interior. Entre suspiros y gemidos corrían nuestras almas, dándole significado a esa muerte inmortal que ambos estábamos compartiendo en ese momento.

Nuestro éctasis culminó con la amenaza de la luz del alba, en esta primera noche de la aventura de nuestra nueva existencia. Estaríamos, ahora, juntos en un para siempre, a escondidas del Sol, durante todas las noches de la eternidad.

Esa noche murió el cielo. Las almas caían felices a la Tierra, donde pueden sentir, nuevamente, el delirio terrenal.

“ ‘Love?’ I asked. ‘There was love between you and the vampire who made you?’ I leaned forward.

“ ‘Yes,’ he said. ‘A love so strong that he couldn’t allow me to grow old and die. A love that waited patiently until I was strong enough to be born to darkness.’ ”

Fragmento de Interview with the Vampire,
escrito por Anne Rice.

Caminamos rápidamente cerca del teatro, el cual estaba ahora, completamente vacío.

La lluvia, que golpeaba impetuosamente las aceras de aquellos oscuros callejones y humedecía nuestros cuerpos, era la única compañía que teníamos. Nos movíamos tan rápido, que de alguien haber estado en las cercanías, no hubiera podido vernos. Bailábamos al unísono con las sombras.

Nos detuvimos frente a una ventana, la cual estaba iluminada por la luz tenue que ofrecían unas velas. Verónica se acercó y observó sus manos y el reflejo de su rostro en el cristal. El color rosa que habitaba sus palmas y sus mejillas había desaparecido, al igual que la vida como la había conocido hasta ese momento. Poco a poco, se le hacían visibles los colores imposibles de capturar por los ojos mortales. Poco a poco, comenzaba a escuchar los lamentos de las almas. Poco a poco, crecían unos colmillos afilados dentro de su boca.

“¡Qué eres! ¡Qué soy! Mis manos se han vuelto pálidas como la muerte, pero puedo respirar, ver y sentir. ¡Qué es este frío!” — gritaba Verónica, horrorizada y sorprendida — “¡En qué me has convertido!”

Le contesté, esta vez utilizando esa voz, tan natural para los humanos, pero tan olvidada para mí:

“Eres ahora quien siente la pena que acosa las almas, quien escucha el crujir y caer de los pétalos de una rosa. Eres, ahora, una con la noche. También quien le brinda la muerte súbita o la vida eterna a la existencia perecedera.”

“El frío que sientes es la sangre muerta que ahora circula por tus venas, y la nueva vida que estas adoptando. La vida que Dios una vez te brindó te está abandonando; al mismo tiempo, la que yo acabo de soplar en tu corazón sostiene tu alma y alimenta tu cuerpo, y así será hasta el final de tus días, el cual, tal vez, nunca verás.”

“Sé que esto puede parecerte sinsentido. Lo único que puedo asegurarte es que eres Vampiro en la eternidad, y eterna eres en mi amor.”

Hate!

…un post dedicado a #LaFamiliaDelOdio

Según la Real Academia Española, el término “odio” significa “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”, contrario a “amor”, que es un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.”

No hay odio si no hay amor. Son los polos del alma. Amas los orgasmos, pero odias a Justin Bieber. Es algo #normal.

Yo odio bastantes cosas, pero entiendo que todos son odios justificados. Aunque pienso que Justin Bieber asimila un ratoncito pendejo, con un look rayando en lo marica, no lo odio, porque no odio a los maricas. Es cierto que siento cierta aversión hacia él, pero debe ser el peinado de mamalón que lleva.

Anyways, aquí les dejo una lista de diez cosas que odio apasionadamente:

1. Puedo decir que odio la estadidad, y a las personas que degradan mi país desinformadamente en pro de un ideal que no les pertenece. No tengo tanto problema si eres un estadista, y tu opinión en una educada: hay espacio para diferentes vertientes ideológicas. Pero si lo haces pensando que vas a obtener un progreso económico desmedido, y eres capaz de tirar al medio a tus compatriotas por dinero, estas en mi “hate list: to be brutally murdered”.

2. No tengo ningún miedo a decir que odio a Félix Plaud. Con su delicada voz, y su falta de elocuencia, no convence, pero hiere oídos, y falta el respeto de cualquier persona con sentido común. Es uno de esos estadistas descritos en el punto #1.

3. Odio, al igual que las reses estadistas mal educadas, a los religiosos criticones, ciegos, y que todo lo resuelven con una “oracioncita a Dios”. No tengo problemas con que pertenezcas a la religión que sea. Hasta me puedo sentar contigo a hablar de tu Dios, sea cual sea, porque conozco algo de la historia de las religiones del mundo. Pero en el momento que me digas que los Haitianos se buscaron el terremoto por no llevar a Crihto en su corazón, que Ghandi va al infierno por ser Budista, o que sencillamente me empieces a “mandar fuego”, te puedes ir al soberano carajo. Si lo haces, eres tan becerro como el individuo que cito en el punto #2.

4. Odio – puñeta – sobremanera la gente presentá. Uno más uno es igual a dos, no a tres ni cuatro. O sea, haz la maldita matemática, y no te incluyas dónde no te han llamado. Y si lo haces, mantente al margen, porque puedes terminar con un golpe encima del ojo. Yo soy un presentao en las redes sociales, pero pues, si escribes tus problemas en un medio público, te expones a la opinión popular, y yo tiendo a ser bastante opinionado.

5. Detesto la gente bruta. Si, suene como suene, los odio con lo más profundo de mi corazón. Y si odio los brutos, más los odio si tienen una cuenta de banco jugosa, y su mensaje es uno que inspira la emulación de su intelecto. Mi odio está fundado en el hecho que esta trulla de cabrones con el cerebro de un mime son quienes, en resumidas cuentas, terminan dominando al país. Para más detalles, véase el siguiente punto.

6. Odio la cara de pendejo de Luis Fortuño. Hay veces que pienso que es un simple organismo similar a una ameba con piernas, y con limitadas habilidades para gobernar. Otras, que es un brillante estratega, y que todo lo hace con “un plan premeditado para conquistar el mundo”. Pero la mayoría del tiempo pienso que es un bruto, cuya cara refleja lo que es. El cabrón debería apodarse “Clueless”. Sinceramente pienso que es una de esas bestias que comenté en mi punto anterior, de los que logra, por suerte, agarrar al país por las pelotas.

7. Pero no sólo siento aversión hacia seres humanos, y algunas de sus actitudes. Hay algo que no sólo odio, sino que me repulsa sobre manera, y es el caldito de zafacón. Ese hedor que lo acompaña es, sencillamente, naunseabundo. Y odio, aborrezco, y cualquier sentimiento peor que pueda imaginarse, cuando ese líquido anaranjado, apestoso, y muchas veces medio pegajoso, me toca las manos o la ropa. El que se inventó que los alimentos podridos debían supurar pendejaces, deberían colgarlo del Sears Tower en Chicago.

8. También, deseo que desaparezcan de la faz de la Tierra las cabronas cucarachas. Acepto que es pendejismo mío, les tengo “un poco” de fobia. Pero, ¿qué maldito rol juegan ellas en nuestro ecosistema? Entiendo que es sólo y exclusivamente el de joder a tipos como yo, que no toleran esas antenas y alas color marrón. Pero dígame usted, estimado lector, imagínelas caminando, con su distintivo vaivén desorientado, por sus cachetes y adentrándose en su boca cuando esté durmiendo. O velando la güira para comerse ese pincho de cerdo que tanto está deseando. Lo colocas en la mesa y… fuás! Se te adelantó, y está dandole mordiscos invisibles, impregnándolas de sabrá Dios que, porque las hijas de la gran puta no se lo pueden comer completo: Ni tan siquiera un pedazo divisible. Por eso se han ganado mi odio. Son peor que un ratón de ferretería, que como no pueden comerse los clavos, los mean.

9. Tengo que decir que odio la gente mentirosa. Tal vez se debe a mi inhabilidad de ser buen embustero. A mí se me nota en la cara, y peor aún, se me olvidan. Pero soy bastante buen lector de rostros mentirosos. Cuando una persona miente, le cambia el semblante, y el todo con que dice la falacia. Te trata de convencer más allá de toda duda razonable que su historia es una veraz, y por eso los odio. No es ni siquiera por la mentira, porque eso es problema del embustero, sino por la cantidad de mierda que tienes que escuchar, leer, o simplemente tolerar para añadir credibilidad a la aventura ficticia.

10. Más que nada en el mundo, odio, al mismo tiempo que me inspira lástima, la gente que odia sin razón. Entiendo que para odiar algo, debes tener algún motivo. Aquí yo he expresado razones específicas justificando mis detestos. Por lo general, los autoproclamados “haters” son niños entre dieciséis y veintidós años que se aprendieron a limpiar el culo la semana pasada, y odian por pura rebeldía. Yo era uno de esos, hasta que aprendí que es una pérdida de tiempo, porque cuando odias por odiar, terminas engulléndote esa antipatía analmente. El problema no es ni siquiera ese, es que cuando te encuentras en plena ingestión culífica de tu odio, hay alguien que te está mirando y sacándotelo en cara. No pierdas el tiempo, además, los que odian sólo para cumplir con los rigores de la moda, no van al cielo. Verifiquen, lo dice en Tesalonicenses 3:56.

Algún día escribiré una lista que cosas que amo, pero eso no ocurrirá pronto, porque soy un pesimista de mierda. Y aunque lean mis escritos, y piensen que soy un cursi, engreído, y tal vez hasta con una dulzura que raya en lo maricón, están jodidos, porque esta entrada es diferente. Es más, al que piense eso, lo odio también.

Jódanse, y odien, pero con gusto y razones.

El Viajero Del Tiempo

“I am the magic man
the one who flies through time
dipping my fingers in the sand
shaping the blast
without breaking the glass.”

Recuerdo cuando te conocí, tenías veintidós años. Eras joven y llena de vida, eterna en la alegría que iluminaba tus ojos, y la sensualidad que adornaba tu cuerpo. Recuerdo tus rizos cobrizo, tus manos blancas, y tu suave piel. Tus mejillas aún conservaban el rosa de tu niñez.

Atesoro tus rasguños en mi espalda, y el eco de tu voz en mi alma. Aún llevo tus besos prendidos de mis labios, y tu cuerpo en mi respiración. Cuando cierro los ojos, veo la belleza de tu desnudez, tu cintura delicada. Siento tus caricias en mi cabello, y tu gemir se adueña de mis sentidos. Fue tu amor el que despertó mi deseo de convertirme en tu crónica de aire.

Era mi voz la que deletreaba tu nombre en las cuerdas del viento; mi mano la que provocaba tus inexplicables escalofríos; mis besos, los que acariciaban tu rostro cuando llorabas; mi canto, el que te arrullaba cuando querías dormir.

“I watch you from nearby
surfing the whiskers of air
diving in your body of sin
hell and heaven well aware.”

Ayer te vi niña, envuelta en tu cabellera castaño. Tu piel blanca y el rosa en tus mejillas te hacían lucir como una figurita de porcelana. Con tu falda de cuadros y tu presencia angelical, despertaste en mí una ternura que hasta entonces era desconocida para mí.

Yo era quien que te observaba cuando salías del colegio con el cabello revolcado y los zapatos polvorientos. También, a quien veías de vez en cuando en el reflejo del espejo, y jurabas que era tu imaginación haciéndote bromas.

Antes te vi anciana, tu rostro y tus manos cubiertos de arrugas. Tu piel maltratada mostraba una vida dura, y las líneas de tus ojos revelaban tu experiencia, inteligencia y madurez. Tu cabello plateado daba un toque irreal a tu presencia, que era por sí sola, monumental.

Sí, yo era quien te ayudaba a cruzar la calle cuando la vista te comenzó a fallar. También, quien te mecía en aquel sillón que tanto te encantaba. Yo fui el que te devolvió el periódico cuando el dolor te la arrancó de las manos. A mí era a quien confundías con la brisa, cuando acariciaba tu rostro. Tu vejez despertó en mi respeto y admiración, y el deseo de permanecer mis últimos años a tu lado, aunque fuera en delirios.

“Now I wave my magic wand
to watch you, both young and old
forever enthralled with your soul
you eyes and your fiery tongue.”

No sabes cuánto me hace sonrojar tu sonrisa; no sabes cuánto me hacen sufrir tus lágrimas. Habito tus venas, y en aquella foto sepia que conservas aún en nuestra habitación. Hoy vivo enamorado de ti: de tu niñez, de tu vejez, y de esos besos, los cuales llevo inscritos en mi existencia.

Sólo tu existencia me aparta de extinguirme, y alimenta el deseo de latir contigo. Es por ti que soy un viajero del tiempo. Aunque mi cuerpo ya no sea, siempre te acompañaré. Viajo contigo y a través de tu historia, aunque no me veas. Soy, sólo por ti.

“I am your magic man:
swinging though your life with ease
playing with time
holding your light
teasing your stare, forever mine.”

La Muerte De Katerina

Katerina se encontraba al borde de su cama, al igual que hacía diariamente en las mañanas y en las noches, antes de dormir. A veces pintaba sus uñas, otras, si iba a lucir una falta corta, pasaba lociones sobre sus piernas. Hoy sus manos modelaban una lánguida soga sintética entre sus dedos.

Escuchaba una dulce voz, dando gritos dentro de su cabeza.

“No tienes nada que perder. Hazlo. Anda y hazlo.”

“Siénteme acariciar tu cuerpo, tus manos, tus senos, tu cuello. Déjame mezclarme con tu alma, abrazar tu vida tan fuertemente, que no vas a querer dejarme atrás.”

Había terminado su relación con su novio hacía meses, sus padres habían fallecido, y su trabajo era demasiado monótono y poco aventurero.

“Hazlo, anda” – repetía, junto al eco sordo en su interior.

Llevaba planificando ese día por meses. Había nombrado a la cuerda “Génesis”, y había previsto donde tendería su cuerpo: debía hacerlo frente a la ventana, porque quería que su último acto fuera dramático.

Sin pensarlo mucho más, se acerco a la ventana, se paro en una silla, ató un extremo de la soga del riel de las cortinas, envolvió el otro alrededor de su cuello, cerró sus ojos, y dejó caer su cuerpo al vacio, acompañado por un redoble hueco, como el murmullo de la caída del mueble.

Todo se veía nublado, oscuro. Veía formas las cuales no reconocía. Sentía el desasosiego típico provocado por la falta de compañía dentro de la oscuridad total.

A medida que mi vista se iba aclarando, pude identificar una luciérnaga, que navegó a través de mis manos sin el más mínimo esfuerzo. Mi cuerpo era translúcido, pero era ente, aunque se deslizaba con la brisa de aquel oscuro lugar. Aunque realmente no podía asegurar la oscuridad, porque no distinguía luz, pero mi visión era perfecta. Yo era una con aquellas tinieblas. Mis ojos eran pequeñas lentejuelas, y los menudos vellos de mis brazos, pequeñas algas luminosas.

Escuchaba unos quejidos a lo lejos. Creo que puedo casi ver la voz, y palpar el llanto. El llanto era copioso y la voz era roja.

Este lugar era tan inverosímil… Me conmovía y me confortaba, me aturdía, aunque nunca me sentí tan viva, tan despierta. Mi respiración se sentía fría, pero real.

Mis brazos se alargaban, y podía beber con ellos el vino que se encontraba en aquel pozo. Bebí por horas sin embriagarme. Sentía insectos bajo mi piel, veía unas cucarachas comiendo las uñas de mis pies.

Entonces, recordé, y toqué mi cuello. Tenía unas raíces que se entrelazaban desde mi cintura, por dentro de mi pecho, y salían por mi boca. Me ahorcaban, desde adentro, mi respiración ya no era fría – era ahora inexistente. Pero Génesis me inspiraba tranquilidad. Mientras fuera ella quien se entretejía con mi cabello, todo estaría bien.

Nunca había visto sus ojos verde brillantes, ni me había percatado de su cabellera rubia, suave, delicada, pero con la fuerza de dioses. Génesis lamía mis lágrimas, las cuales no me había percatado que fluían incesantemente. Me mordía también, suavemente, los lóbulos de las orejas.

Pero había alguien más ahí, alguien que quería robarme ese mundo de sombras embriagantes. A lo lejos, veía sus manos grises acercándose. Desesperé, e intenté correr, pero las manos me alcanzaron, y comenzaron a despedazar mi carne.

En un último intento, y con mi última piel, suspiré, y me deje caer del viento.

“¿Qué ocurrió?”

“Te encontramos en el suelo. ¿Estás bien?”

“Si, me duele el cuello. Déjame pararme…”

“No te muevas, que aquí están los paramédicos. ¡Estás loca!”

Las voces se iban desvaneciendo poco a poco, la luz era tenue, y el sueño aplastaba mis párpados.

Hoy me encuentro al borde de mi cama. Génesis no me acompaña hoy, pero la extraño, y extrañamente la deseo.

Cierro mis ojos, y puedo sentir las voces mudas acariciando mi cráneo, desde adentro. Se siente como un déjà vu – debe ser una segunda oportunidad. Sólo quiero nadar en el viento, para siempre gigante en mi oscuridad.

Cyanide Spliff

As I write this simple note
my letter to other sibling souls
I reminisce about the wish that I once had
Dreams of life, unknowingly murderously alive.

I once dreamt of a forever love
wrapping her legs around my ecstatic body
shivering, unending, surreal, unreal
bourbon kisses, cocaine teases
lips tasting like a joyride of petals.
But those dreams usually ended
drowned in wetness of pillows and sheets,
false hopes and lost souls.

I have also dreamt of a free country
where orgies commonly happened
in the streets, my backyard, on the trunks of cars
and my fulfilling drug was flesh
while all others were simply fun.
But those dreams usually ended
with a kaleidoscope of morning breaths
sick, dying, sick of dying, or simply decaying
with every rooster crow.

Today I light my cyanide spliff
because I have dreamt my death
but when I arise from eternal slumber
it’s just morning, chirping and daisies
and I don’t want to just dream such an end
that will start again with the rising sun
a lie that dies when the dream dies
and my body just lays.

Lluvias del Cuerpo

Quiero que tus ojos profundos besen mis manos
que tu lengua cálida beba mi sudor
mientras yo alimento mi hambre de cuerpo
con tu cintura y tu atrevido pudor.

Mas no quiero tu piel erizada
ese vestido lo desea mi alma
luego de nadar en tus suspiros
y escuchar su voz en tus latidos.

Juntos llegamos al al baile del sollozo
dónde nos burlamos de la muerte pequeña
dónde quejarse es una dulce costumbre
dónde los entes llueven gozosos.

¿Por qué preguntas si lo que quiero es sexo?
si es obvio que mi llamado es tu deseo
lo que exclaman mis ojos, lo que piden mis manos
te has convertido en mi fiebre y mi sensual tormento.

Sonámbulo

Hoy despierto, igual que ayer, sonámbulo. No recuerdo si ya lavé mis dientes, porque todos mis días son iguales. Enciendo mi televisión, y veo noticias que me consternan por sólo cinco minutos – ya lo he visto todo. Si lo que veo no son mis nuevas, y ese mundo no es el mío, que más da.

Me dirijo a cocinarme algo, porque gruñe mi estómago. Al mirar dentro de mi nevera, me pregunto: ¿tostadas francesas, huevos fritos o en revoltillo? Me da igual, porque el café es igual.

La ropa que llevo es la de anoche aun. La que tengo en mi closet es la de la semana pasada, o de la antepasada, si tengo suerte.

Veo algunos seres compartiendo mis pasos, también sonámbulos, con quienes cruzo miradas, pero están todas vacías. Mis ojos son sólo cuevas, órbitas cóncavas que no invitan a nada.

Ni siquiera el agua cayendo sobre mí auyenta esta anestesia. Mi vida vive confinada en un trance, inescapable, monótono, e innegable.

El orden en el cual realice mis labores matutinas no importa, el desenlace es el mismo: me dirijo a mi trabajo, intento sobrevivir algunas horas, para luego regresar.

Sin ninguna eventualidad, lavo mi cuerpo, y me acuesto a dormir. Es ahí donde despierto, en sueños, dónde soy la arena del envase de cristal, y dónde, con una pincelada, trazo valles verdes, muñecos de nieve, y millones de destinos.

Luego comienza el otro día, el mismo de ayer, la misma vagancia sonámbula, como el ratón en su laberinto genérico, cuya ruta ha memorizado. Luego, sólo queda correr en la rueda, sin dirección.

Tuiteos, Página Tres

viernes, 10 de diciembre de 2010…

[12:11:31 AM]
Cuando te veo, ahi pequeñita,
dibujada en mi Tweet List,
me invade la extraña idea
de meterme ahí contigo,
en ese cuadrito…

[12:19:41 AM]
Te quiero sorprender de espalda,
arropar tu cintura con mis brazos,
y que sientas mis labios y mis dientes
en tu cuello.

[12:23:18 AM]
¡No me mires!
Trátame con el placer y el atrevimiento
de los que no se conocen,
sin restricciones, una vez.
Quiero ser extraño en tu piel.

[12:27:00 AM]
Miénteme un poco, sin cariño.
Despréciame,
pero desprecia más el frío
de no arroparte con mi cuerpo.
Déjame calentarte con besos.

[12:30:13 AM]
Siente mis manos navegando tus tobillos,
luego mi lengua recorriendo tu espalda.
Siénteme, no mires.
Cierra los ojos, déjate ir.

[12:35:15 AM]
Déjate caer al suelo, no resistas.
Quiero estar en cada escalofrío tuyo.
Vamos, atrévete,
como vagabundos en una ciudad de deseo.

[12:38:00 AM]
Sueñame desconocido,
en blanco y negro,
pero dueño de tu placer…

Tuiteos, Página Dos

lunes, 6 de diciembre de 2010…

[07:59:56 PM]
Me gustarían tus piernas cruzadas tras mi espalda,
temblorosas,
tus repiros entrecortados
y tu orgasmo entrelazado en mi lengua.

[08:10:04 PM]
Me gustaría morder tus labios,
mientras mis manos se pierden entre tus muslos,
pero lento,
sintiendo tu humedad y jugando con ella.

[08:12:38 PM]
Siénteme adentro de ti,
siente mi boca cálida en tus senos,
mis manos tirando un poco de tu cabello.

[08:15:04 PM]
Quiero sentir tu pulso interior en mi sexo,
como te contraes y te expandes,
como gritas silenciosamente tus gemidos a mi oído.

[08:20:16 PM]
Ojalá…

[08:26:33 PM]
¿Y ahora, #nomention?