Cien Años de Imposible

Allí estaba
aún amarrado al castaño
enjuto su rostro
y fuerte su vida.

Aunque deseaba morir
esas amarras lo sostenían
al recuerdo
a la vida.

Muchos pájaros
anidaron en sus manos,
muchas abejas
cultivaron su miel
en su cabello largo,
a veces enmarañado,
pero nadie logró
tocar su corazón.

Ese antiguo guerrero
luchó, batalló
mas nunca murió
mas nunca ganó.

Las cruces:
aquellas cicatrices
todavía eran visibles.

Sus uñas
sus dientes
su mirada
estaban carcomidos
por el tiempo.

Sus pies
eran el reflejo
de cuantos ríos,
trincheras y desiertos
cruzó en su vida.

Sus ojos,
eran diario
eran historia
a veces negra
a veces roja.

Así vivió
muriendo todos los días un poco —
agonizando —
atado al castaño de un imposible
acompañado de algunos pájaros
porque los guerreros
desdichados en el amor
aunque honrosos en los cuentos
viven condenados
a un centenario
de soledad.

Recordando a Eduardo

Hoy nació Eduardo
sin nada de cabello,
con las piernas
un poco torcidas,
jincho y chimuelo.

Por ahí lo vi
persiguiendo unas chicas
en la universidad.

Calvo o con más pelo,
a veces gordo, a veces flaco,
más o menos cegato,
idealista, un poco vago,
desde siempre
viviendo su sueño,
de ser recordado
entre letras y lienzos.

Ayer se murió, era él,
lo veo en su mirada
aunque ahora estaba frío
y arrugado su ceño,
su sonrisa
era la misma
que retrataba
desde niño.

Ese fue Eduardo,
el de los retratos,
el que escribía versos
y dibujaba senos,
desde el ’75 molestando
y para siempre
en mi recuerdo.

Trato

Muchas veces
trato de escucharte,
trato de leerte,
en tu silencio.

Tal vez
son ideas vanas,
tratar de saber
lo que ronda
tu juicio,
pero es necesario.

Necesito saber
si cuando saboreas
la suave brisa
en tus labios
sientes mis dedos
acariciando tu rostro.

O si cuando
oyes el eco
del tic toc del reloj
escuchas mi corazón
latiendo
entre tus brazos.

Hay veces
que cierro mis ojos
y pienso
que me imaginas
en tu cintura
en tus ojos
en tu lengua.

Mi paz lo implora,
porque cada paso que doy
lo hago acompañado
de la esperanza
de tu deseo.

El Fuego del Demonio

Ese ángel desconocido,
un demonio por conocer,
me atontaba
con su calor,
con su aparente amor.

Me quemaba,
por dentro.

Mi cabello
cubría mis sentidos
no me dejaba ver
ni la dulce vida
ni el amargo real.

Siempre confiado
la perseguía en sueños
en versos
por senderos dulces
hasta el fuego.

Me quemaba,
con sus deliciosas llamas.

Mi cuerpo
ya estaba calcinado
y mi alma
estaba acorralada
en una cárcel de cenizas.

Ya no llevaba
el cabello cubriendo
mis ojos –
sólo veía polvo
en el suelo,
humo y gris.

Todo estaba arruinado:
mi casa
mis amigos
hasta esas ciudades
que una vez visité.

Este demonio,
hasta ahora cubierto
en ropas satinadas
y alas doradas,
reía sin amores
ni vergüenzas
sobre una pila
de rescoldo y recuerdos.

Mi alma
derrumbó la prisión
que representaba
mi cuerpo ceniciento,
escapó libre.

Ya no me quemaba,
pero mi cuerpo ausente
dolía.

Mi cabello
era hollín,
ya no amordazaba
mis ojos.
Ahora discernía
el amargo
de lo dulce.

Mi espíritu
se encontraba humillado
sentado, por ahí.
A veces
de rodillas
en una nube,
o quien sabe dónde.

Al menos,
ya no sufro
por amar
a un demonio
que por un beso
me vendía fuego.

Ahora no estoy,
y sólo siento
frío.

Solo, en mi camino

El viento acaricia mi rostro…

Cavilo
las verdades de la vida
las ilusiones del ser humano.

Las estrellas
ya no iluminan
mi camino

solo

un sol
que derrite mi ser
que evapora mis lágrimas.

Las luces de una ciudad
por conocer
se alejan.

Un tren de recuerdos
vaga sobre las vías
de mi vida.

Me dirijo
hacia un futuro incierto
iluso y fantasioso.

El propósito de vivir
con el alma muerta:
eso he descubierto.

Sólo queda
un destino desconocido
para ser enfrentado
por un rostro erosionado
y con las lágrimas ahogando
la historia de una existencia.

Voy en un tren
lleno de delirios
a cuestas con mi vida
en camino
hacia lo inverosímil.

El Rey

Desde la lejanía
todo cobra un matiz
distinto.

El oscuro celeste
construye mi universo
y la luna
desfila honrosa
sobre mi rostro.

Soy un rey majestuoso.
Voy en mi carroza conduciendo
sobre el camino
de los ladrillos dorados.

A lo lejos
diviso unas luces:
es fuego
quien ciega y consume
lo que fue mi ciudad.
Es la devastación de mi reino.

Las nubes se burlan incesantes.
Son animales que vacacionan
en mi imaginación.

Esta carretera es incierta.
Conduzco glorioso
hacia la nada,
cargando con mis glorias pasadas,
altivo, majestuoso.

Desde la lejanía
ya no veo mi ciudad.

Sueños de Libertad

Ayer vagaba etéreo sobre un valle
translúcido el suelo
soñando esperanzas inalcanzadas
armando las quimeras quebrantadas
de la gente, y las mías
las almas eran todas diferentes
pero eran en común
todas libres.

Hoy camino descalzo
sobre la piedra inédita
con las manos maltrechas
y la tierra entre las uñas.

Cuando miro alrededor
veo un gigante, y él nos mira
nos cela, ese dueño
alimentándose de nuestra piel
sediento de nuestra alabanza
de nuestra ignorancia.

Y veo miradas vacías –
perdidas –
me pregunto si prefería ayer
cuando me soñaba fantasma
cuando mi ánima vagaba
taína.

Pero hoy no importa ya,
porque es ayer,
y mañana llegaré
con manos sucias y pies descalzos
a defender esta trinchera
con los sueños de antes
para darle a mis hijos
un cielo abierto
tal vez etéreo
tal vez sólo en delirios
pero siempre libre.

Cuando Se Acaben Las Luchas

Cuando se acaben las luchas
viviré un mundo libre
lleno de almas tristes
y cuerpos cenizos
con patrias dormidas
y cadenas partidas.

Cuando se acaben las luchas
el cielo perderá su azul
y no habrá cuerpo en la tierra
y no habrá verde en el campo
y el universo estará ciego
de estrellas
de luna
de sol
estarán todos bajo mis pies.

Y si se acaban las luchas
me retiraré a una isla lejana
a vivir el sueño del justo
lejos de la vida
lejos de la mía
lejos de este mundo
intocable, inmutable
porque si llegara ese día
es porque la luz ha muerto.

Discotheque

La única iluminación que existía en la discoteca provenía de aquellas luces intermitentes, las cuales provocaban que las decenas de almas que ahí se movían rítmicamente, se congelaran en el tiempo por una fracción de segundos. El conjunto de los sonidos selváticos exhalado por las bocinas, y el estruendo de las respiraciones extáticas de las almas que ahí se encontraban, nublaban mis sentidos. Tomé a mi compañera firmemente de la mano, y nos adentramos en la multitud. Cegados por el resplandor de la oscuridad, comenzamos a bailar, y, luego de más o menos veinte minutos, nuestro ánimo formaba parte de la gran orgía musical que allí tomaba lugar.

Al mirar a lo lejos, se podían distinguir los celajes de los cuerpos involucrados en un ritual sin inhibiciones, cuyos únicos testigos eran algunos ojos extraviados y la música que sacudía las extremidades de todos aquellos seres, de todos nosotros, hipnotizados por la luz irregular, embriagados por el alcohol, y entregados a la música de los tambores y las voces confusas de los sintetizadores. Se comenzaban a escuchar los gemidos del deseo, contagiosos y exuberantes. Yo simplemente apreciaba la belleza de quien bailaba exóticamente frente a mí. Desde que entramos a aquel lugar, nuestro interior se inundaba con pasiones ocultas y erotismo prohibido.

La sensualidad de los movimientos aumentaba, hasta que nos encontramos contra una pared que nos impedía escapar el uno del otro. Era un rincón oscuro, como el resto de la pista de baile. Nos besábamos, y acariciábamos nuestros cuerpos de la forma más exquisita. Nuestras lenguas vagaban erráticas dentro de nuestras bocas, que eran una, al igual que nuestros alientos. Sus manos jugaban y quitaban los botones de mi camisa; mis manos sentían sus senos fríos. Mi cuerpo se movía al ritmo de sus caderas; nuestros deseos se encontraban y bailaban, como danzaba la llama del fuego que llevaba en sus manos aquel que caminó por nuestro lado encendiéndo un cigarrillo.

Los latidos y las respiraciones se comenzaban a intensificar, nublando la atmósfera, opacando la música, la cual no era ya sino el deseo desesperado de nuestros cuerpos queriéndose sentir. Aunque no era posible ver claramente, podía sentir su mirada intensa clavándose en la mía.

Comencé a quitar los botones de su camisa, y mis besos bajaron de su boca a su cuello, de su cuello hasta sus hombros. Luego, besé sus senos delicados y un pequeño lunar que adornaba el espacio entre ellos. Podía sentir los escalofríos que recorrían su cuerpo, su piel erizada por mis besos y por frialdad de esta gruta.

Con cada movimiento nuestro, su falda, la cual era bastante corta, se levantaba cada vez más, revelando su ropa interior, cuyos encajes blancos se tornaban azul neón bajo las luces negras. A lo lejos, se escuchaban las respiraciones agitadas de la multitud, y se podían ver las expresiones congeladas en sus rostros. Sus encajes blancos se encontraban ahora en un bolsillo de mi pantalón.

Mis manos la instruían a entregarle su sexo a mi boca, la cual descendía lentamente, deslizándose por su cuerpo. La devoraba y acariciaba, mientras ella enredaba sus dedos en mi cabello, aproximándome contra su pubis. Saboreaba su delicioso néctar, mientras escuchaba como su respiración se transformaba en un gemido, y su vientre bailaba al ritmo de mi lengua. Entre más ella tiraba de mi cabello, mas intensas se volvían mis caricias. Mis manos y mi paladar disfrutaban de su humedad interior.

Su cuerpo comenzaba a temblar, sus gemidos se volvían entrecortados, y sus manos se volvían heladas en mi espalda. Con un gesto rápido, pero delicado, ella retiró mi boca de su cuerpo.

Con su sabor en mi boca, observaba como su piel resaltaba entre la oscuridad que la envolvía. La acerqué a mi pecho, y la abracé rozando su cuerpo con mi sexo erguido, contenido sólo por mi ropa. Ella acariciaba mi pecho con sus mejillas, mientras aquel roce, lento y rítmico, se volvía apasionado y desesperado. Sentíamos la multitud bajo nuestros pies, mientras nosotros continuábamos con nuestro propio baile.

Utilizando la pared para mantener nuestro equilibrio, envolvió con una de sus piernas mi cintura, mientras con sus manos liberaba el infierno que llevaba dentro de mi ropa, dirigiéndolo a su interior. Besando sus labios conocí su interior, explorando sus más íntimos secretos y profundidades. Entre más me adentraba en su cuerpo, más se intensificaba nuestro movimiento, y mas se elevaba el volumen de nuestro canto sordo.

Su otra pierna se abrazó a mi cuerpo también, mientras yo la sostenía por sus caderas. Ella, utilizaba mis hombros y la pared para impulsarse hacia mí, mientras yo me impulsaba hacia ella. Sentía su humedad bañando mis piernas y su sudor en mi pecho. Nuestros delirios se volvían uno, en una experiencia exquisita dónde no había tiempo, sólo sonidos sordos y nuestro baile erótico.

Al transcurrir los minutos, se aceleraba la métrica de nuestro ritmo, aumentaba el temblor de nuestras piernas, y se volvían mas intensos los gritos mudos susurrados en nuestros oídos. Nuestros ojos, llenos de éctasis, vagaban entre las miradas extraviadas e insospechadas de la gente.

En un último gemido, nuestros cuerpos temblorosos se deslizaron hasta al suelo. Nos miramos un rato, y mi boca no podía pronunciar ninguna palabra descifrable, me había quedado sin aliento. Ella rió, acarició mi cabello y besó mis labios. Junto a su respiración, la cual se encontraba un poco menos agitada que la mía, se escaparon algunas palabras poco inteligibles, pero era evidente la necesidad de llevar nuestra aventura prohibida a otro lugar. Sin vacilar, y con una sonrisa traviesa en nuestros labios, nos levantamos, caminamos entre la gente, y salimos de allí.

Amor Cotidiano

Cuando se convierten en cotidianos
las caricias y los besos
la piel y los respiros
el aliento
y el cuerpo desnudo.

Igual me da.

Ahí sueño, y me entretengo
dormido, o quien sabe dónde
jugando con te quieros
refugiado en senos ajenos
en cuerpos trigueños o rosados
disfrutando roces húmedos
gemidos y quejidos
siempre nuevos
cuentos distintos.

Igual me da.

Pero como fiel adicto
regreso a la realidad
a mi periodicidad
al aliento común
a los días iguales
a las mismas sábanas
a los mismos labios
obvios para mí
añorados por el ajeno
quien vive su propia repetición.

Igual me da
pero sin esta rutina
que mal me va.

Que mal nos va, amor
porque también vives
la misma cotidianidad.